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Olívio Dutra: “Lo que se vive en Brasil es una situación de grave agresión contra la democracia”

publicada em 29 de abril de 2019

Olívio Dutra: “Lo que se vive en Brasil es una situación de grave agresión contra la democracia”

27 de abril de 2019 | Escribe: Gonzalo Giuria en Internacional | Foto: Mariana Greif



Referente político histórico del PT brasileño.
En ocasión de la presentación de una película documental sobre su vida dirigida por el realizador Thiago Köche, estuvo en Montevideo en estos días el político brasileño Olívio Dutra, uno de los referentes históricos del Partido de los Trabajadores (PT).

Líder sindical bancario durante la dictadura (1964-1985), Dutra estuvo preso a fines de los años 70, y luego de su liberación lideró la sección gaúcha del PT, llegando a ser alcalde de Porto Alegre entre 1989 y 1993 y posteriormente gobernador del estado de Rio Grande do Sul, entre 1999 y 2003. Luego, durante el primer mandato de Luiz Inácio Lula da Silva Dutra fue ministro de Ciudades, cargo que ocupó hasta 2005. Dutra, nacido en la localidad riograndense de Bossoroca hace 77 años, continúa activo y durante los últimos gobiernos del PT fue un severo crítico de la gestión gubernamental de su partido, particularmente en relación a los aspectos éticos. Sobre este y otros temas, conversó con la diaria.

Esta semana el Tribunal Supremo de Justicia de Brasil le redujo la condena a Lula: ¿qué piensa sobre esta decisión y sobre el juicio al ex presidente en particular?
Es un acontecimiento que puede ser visto como algo positivo, dentro de un proceso que ha sido muy tortuoso. Hay posibilidades de que con esta reducción de la pena al menos una parte del sistema judicial repiense el proceso, que a mi entender fue equivocado y continúa siéndolo. Entonces, esta decisión no puede ser tomada de ninguna manera como una victoria completa, sino como algo inicial, parcial.

Usted fue muy crítico de la gestión de los últimos gobiernos del PT, particularmente sobre los aspectos éticos, ¿qué reflexión hace hoy sobre eso?
Es un problema muy serio para nosotros, aquellos que integramos el campo de la izquierda democrática popular, que hayamos caído en la trampa de cometer algunas acciones, fechorías, tal como las definió la compañera Dilma, totalmente alejadas de lo que debería hacer un gobernante o un funcionario público. Es muy trágico para la izquierda que haya entre nosotros personas ocupando cargos importantes en la administración pública y en el partido que se dejaron seducir por las maneras de actuar de grandes empresarios, quienes con su dinero cooptan personas. Evidentemente, no hay ningún partido político en el mundo que pueda decir que está libre de tener integrantes que caigan en este tipo de conductas. La gran mayoría de las personas implicadas en los desvíos de recursos públicos en beneficio propio no integran el PT, pero el hecho de que haya una persona así dentro de nuestro partido comienza a desmoronar nuestra propuesta, y en nuestro caso tuvimos a más de uno. Entonces, esta es una cuestión que debe ser encarada debidamente por el propio PT. No se puede ignorar el tema y decir que no pasó nada, que no hubo gente que robó y que todo se trata de una persecución. Es evidente que existe una lucha de clases y que hubo una articulación de la centroderecha para que se interrumpiera un proceso político que implicó profundos cambios a nivel de inclusión social que los gobiernos del PT estaban llevando adelante. Está claro que el gran empresariado urbano, rural y sus representantes parlamentarios y también dentro del Poder Judicial no estaban quietos, sino que se estaban preparando desde hace un largo tiempo para detener este proceso de avances en políticas públicas importantes, de ampliación del espacio de protagonismo del pueblo. Pero nosotros tuvimos personas que se comportaron igual que se comportaban los políticos que nosotros toda la vida criticamos. Se aprovecharon del cargo público para hacer negocios personales, y esto hirió profundamente los fundamentos sobre los que se creó el PT, que no surgió de arriba para abajo sino que fue al revés, fue una fuerza política que se construyó desde las bases, de abajo para arriba. El Estado debe funcionar bien para la mayoría y no para unos pocos, y para lograrlo hay que tener claro que debe estar bajo control público y no sobre el control de agentes privados, como los grandes empresarios o los grandes medios de comunicación.

¿Piensa que el PT hizo o está haciendo una autocrítica sobre lo que pasó?
Se está haciendo, pero muy de a poco. Pienso que ese es un problema que aún no ha sido bien encaminado por la mayoría de la dirección nacional del partido. Hay un temor muy grande a hacer una autocrítica profunda y que eso sirva para alimentar a la derecha. Por una cosa o por otra siempre hay un argumento para no hacer una autocrítica, que tampoco debe ser un proceso de autofagia, ni de señalar a gente con el dedo; hay que saber cómo hacerla. Tenemos que pensar que nosotros como sujeto colectivo, como partido, no estuvimos bien en muchas cosas, más allá de que durante los gobiernos del PT sí se hicieron cosas tremendamente importantes en materia de inclusión social, como nunca se habían realizado en toda la historia del país. Se redujeron las desigualdades como nunca, e incluso más de 40 millones de personas pasaron a tener condiciones de vida dignas, pero uno de nuestros grandes problemas fue realizar alianzas con partidos que no tenían nada que ver con nuestro proyecto, con nuestro programa de gobierno. Entonces nosotros nos contaminamos con estas alianzas, porque personas que no eran del PT, contrarias a nuestro proyecto, pasaron a tener cargos importantísimos, tanto en el gobierno de Lula como en el de Dilma. Eso fue minando por dentro al PT y terminó engendrando, junto a parte del Poder Judicial, a los medios monopólicos y la mayoría del Parlamento, el golpe, que fue el impeachment a Dilma y después el encarcelamiento de Lula, que fue puesto preso sin pruebas y sin el derecho a defenderse de manera debida. Por lo tanto, lo que se vive en Brasil es una situación de grave agresión contra la democracia.
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¿Qué piensa que llevó al electorado brasileño a terminar votando a Jair Bolsonaro como presidente?
No es algo que me haya sorprendido mucho, no es algo reciente ni sucedió un milagro. En Brasil hay un pensamiento reaccionario de base. Hay un sector importante de la clase media que aún tiene nostalgia del esclavismo, que en mi país se extendió por más de 350 años, y esa base ideológica, particularmente de la clase media alta y de los grandes empresarios, sostiene que el Estado es de su propiedad; tienen claro que el pueblo debe tener oportunidades de ascender, pero hasta determinados límites. Entonces, cuando nuestros gobiernos, tanto los de Lula como el de Dilma, así como también los gobiernos locales y federales, propiciaron ir más allá de este límite que las élites siempre impusieron al pueblo, chocaron con estos sectores que siempre fueron beneficiarios de la estructura del Estado, a la que siempre tuvieron bajo su control, mediante la cual se desalentó permanente la movilización popular, donde se dejó claro que el pueblo debe ser objeto y no sujeto de la política. Por eso hay una cultura conservadora en la base de la sociedad brasileña que viene de larga data, de décadas, de siglos. Y creo que una falla de nuestros gobiernos, de nuestro partido, del campo democrático popular fue no sacudir esas estructuras. Se realizaron políticas públicas muy importantes, como por ejemplo el programa Fome Zero (“hambre cero”), que sacó a Brasil del mapa del hambre, algo que fue reconocido por la propia Organización de las Naciones Unidas; también programas de viviendas que fueron muy exitosos, como Minha Casa, Minha Vida (“mi casa, mi vida”), y también se impulsaron políticas educativas que dieron posibilidades a muchas personas de tener una formación muy superior a la de sus generaciones anteriores y llegaron a las universidades, algo que históricamente les había sido vedado. Eso lo hicimos bien, ejecutamos políticas para el pueblo muy importantes, pero fallamos en que no alentamos debidamente el protagonismo efectivo del pueblo, de que él se constituyera en un partícipe colectivo de estos avances. Entonces, por ese lado fue que se fue colando el sentimiento de estos sectores reaccionarios que terminaron ganando las elecciones.

¿Cómo evalúa el momento actual que se está viviendo en Brasil?
Estamos viviendo un momento muy complicado. Nosotros vivimos durante 21 años una dictadura y creo que lo que estamos viviendo hoy es un reflejo de esa dictadura, en la que el pueblo fue sacado del escenario político. Fue mucho tiempo sin poder decidir, sin tener participación. La dictadura hirió profundamente a la democracia, que por otra parte era una democracia débil, que no pudo ser recuperada integralmente por los gobiernos del PT. Entonces, ahora estamos viviendo una situación muy peligrosa, porque las políticas que abrieron espacios para el protagonismo ciudadano, consciente, están siendo desmanteladas por el actual gobierno de Bolsonaro, que está promoviendo la destitución total de la base social en el protagonismo en la política y en la administración de las cuestiones públicas. Se está volviendo a la concepción de un Estado mínimo para la mayoría de la población, pero grande para los grupos de intereses que durante décadas han manejando al país como si fuera de su propiedad exclusiva.

¿Qué piensa que es lo que tiene que hacer la izquierda en general y el PT en particular para volver a ser una opción de gobierno en Brasil?
Hay que pensar. La base del pensamiento humanista, democrático, de justicia social, de compartir la riqueza, está seriamente amenazado por el pensamiento neoliberal, individualista, consumista, de apropiación privada de las cosas, no sólo en Brasil sino en el mundo entero. La naturaleza está siendo agredida permanentemente por el capitalismo en esta fase, siempre bajo el argumento del progreso. Entonces, las empresas multinacionales se instalan en nuestros países para explotar el máximo de riqueza en el menor tiempo posible, con la zanahoria de que crean empleo, cuando en realidad crean muy pocos puestos de trabajo de calidad, porque los cargos más altos son siempre ocupados por gente que viene desde otros países, y al mismo tiempo generan enormes daños, irreparables, a la naturaleza y al medioambiente. La ciencia y la tecnología, que están teniendo avances notables que deberían ser apropiados colectiva y solidariamente en beneficio de toda la humanidad, están bajo el control de grandes grupos económicos y de gobernantes que sirven a estas enormes corporaciones. Entonces, viendo todo este panorama general del mundo no queda otro camino que pensar. Recordando la frase de Antón Chéjov que dice “si querés ser universal hablá de tu pueblo, de tu aldea”, es evidente que tenemos que trabajar los problemas en nuestros municipios, en nuestras unidades federativas, en el país, en el continente, de forma articulada, construyendo unidad en la pluralidad de las diferencias que tenemos dentro del campo popular democrático. Y es claro que precisamos tener un proyecto estratégico, no simplemente uno que apunte a ganar unas elecciones, que son eventos episódicos, pasajeros. Las elecciones son fundamentales para la democracia, así como también la existencia de partidos políticos con contenidos ideológicos y programáticos definidos, y no simplemente como espacios de negociación. Creo que es fundamental para el desarrollo pleno de la democracia la desconcentración de la renta. Las grandes empresas mundiales tienen 70% de la riqueza de todo el mundo, y en Brasil cinco magnates tienen una fortuna que es igual a la que tienen 100 millones de brasileños, entonces esto es todo un problema. Teniendo en cuenta estos números, no podemos decir que la democracia que tenemos nos basta. La democracia tiene que estar no solamente en la letra de la ley, sino que tiene que estar presente en la vida diaria de las personas, por lo tanto hay que luchar por la radicalidad democrática. Por eso la bandera que hoy levantamos por la libertad de Lula no sólo se basa en la libertad de una persona, que es muy importante, significativa, sino que es también una bandera de lucha contra el ataque que sufrió la democracia en Brasil. Durante la época republicana de Brasil, que comenzó en 1889, hubo varios golpes de Estado, siempre achicando la participación popular. El último duró 21 años, por lo tanto nuestra experiencia democrática nunca fue plena. El mayor período de vida democrática en el país fue este último, que fue interrumpido de esta manera, con el impeachment a Dilma, y que luego continuó con esta farsa de gobierno, con la participación de militares que con su visión estrecha y autoritaria, sumado al neoliberalismo, están llevando al país hacia un camino siniestro. Por eso la izquierda, evidentemente, tiene que actuar contra esta corriente, y eso significa aprender de las experiencias, de los aciertos y de los errores, y también profundizar el estímulo de la organización popular y comunitaria apuntando al protagonismo de los movimientos sociales. Hay que tejer una red que se articule como un proyecto colectivo que pueda encarar el enfrentamiento con el proyecto neoliberal no de forma parcial, sin perder el objetivo de tener una sociedad mejor. La lucha es esa. Desde la base, de abajo para arriba.
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